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DESDE
BUENOS AIRES
He
tenido la suerte de viajar en dos ocasiones a la cuna del Tango, la ciudad
de Buenos Aires.
Una ciudad en la que se puede escuchar a músicos de Tango, en cualquier
parte, en una milonga, en un restaurante, en un bar, en la calle,…
Las milongas, forman parte de otro mundo. De repente, entras en un lugar
que te transporta al pasado.
Locales muy antiguos la mayoría, con restos del esplendor de épocas
pasadas y llenos hasta rebosar a todas horas. Vas viendo como la gente
va y viene y se van llenando más y más hasta que no cabe
una aguja.
En las pistas, hombres (muchos de ellos de edad avanzada) y mujeres de
todas las edades dejándose llevar por la magia de una música
que no deja a nadie indiferente.
Emociona ver como dos personas que muchas veces no se conocen, se funden
en un abrazo muy cerrado y sus cuerpos se mueven como si fueran uno solo.
Las mujeres cierran los ojos y se dejan llevar. Pocos bailes producen
tanto placer: bailarlo y observar a otras parejas crear su Tango.
No hay lugar para filigranas al bailar, porque la costumbre en la milonga
es no mezclar el sentimiento del Tango con el escenario. En el fondo,
el Tango es un baile para quererse, aunque sea por unos minutos.
Silvia
2005
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